Nota: 7,5
Lo mejor: Oscar Isaac, que interpreta la mayor parte de los temas de la película en directo.
Lo peor: que no te guste la música folk.
En la última película de Joel y Ethan Coen hay una escena en la que la acomodada hermana del cantautor protagonista le sugiere a un cansado Llewyn que abandone el mundo de la música y recupere su puesto como marino mercante, el mismo que ocupó su padre antes de que el Alzheimer le llevara a una residencia. "¿Y tan sólo existir?", responde el personaje de Oscar Isaac, con la mueca en su rostro del que palidece con tan sólo imaginar la idea de renunciar a su gran sueño por algo tan banal como la supervivencia. Porque esto es una odisea y hay un valiente Ulises metafórico, pero sin tripulación, barco o ni siquiera abrigo. Llewyn Davis no es un tipo carismático o amigable, sino tan sólo el poseedor de un enorme talento, del que vamos siendo testigos a lo largo de las casi dos horas de metraje que dura la cinta pero del que no cabe esperar un triunfal regreso final a Ítaca. Porque A Propósito de Llewyn Davis se inspira en parte en la misma obra clásica que O Brother!, pero sus similitudes con las surrealistas aventuras del preso encarnado por George Clooney no van más allá de dos bandas sonoras para el recuerdo. No es que no hayáis oído nunca hablar de Llewyn Davis porque se trate de un nombre inventado, sino porque la última obra de los Coen no va destinada a los héroes sino a los fracasados, a los que sólo les queda asumir la derrota como un éxito en el respeto a las propias convicciones y principios.
En realidad, la mayor parte del material del que se han servido los famosos hermanos para desarrollar una de sus películas más pequeñas e intimistas (de tan sólo 11 millones de dólares) procede de la autobiografía de Dave Van Ronk, toda una personalidad en la escena musical del barrio neoyorquino Greenwich de los años sesenta. Por sus frías y grises calles en el invierno de 1961, durante una época en la que los vientos pedían cambio y en la que hasta la comunidad gatuna estaba especialmente revuelta, somos testigos de cómo un artista con su guitarra y unos zapatos agujereados como únicas posesiones se busca la vida sin demasiada fortuna, lidiando con una amante embarazada y casada (Carey Mulligan), conocidos ocasionales y hasta una mascota perdida. Todo ello mientras no comprende del todo por qué el público se entusiasma cuando un grupo de chavales vestidos para ir a la iglesia inundan de buen rollo el escenario de su bar de cabecera, impidiéndole terminar su cigarrillo y su copa, las únicas ayudas con las que cuenta para descifrar cómo conectar con la audiencia sin renunciar a su estilo.
En realidad, por mucho que existan pasajes más concretos como el que protagoniza el charlatán encarnado por John Goodman o la audición frente al mismísimo Salieri (F. Murray Abraham), poca historia se puede encontrar en Inside Llewyn Davis, porque su pretendida falta de épica conlleva también una ausencia de evolución. Llewyn es el perdedor por antonomasia en la obra de unos realizadores expertos en retratar dicha figura, ya sea apuntando al thriller en El Hombre Que Nunca Estuvo Allí o a la comedia negra como en Un Tipo Serio, por citar dos ejemplos en la filmografía menos grandilocuente de los hermanos. De ahí que la sensación de estar ante un retrato incompleto o incluso innecesariamente cruel en un sentido más tradicional puede traducirse en una exigencia demasiado grande para el que no esté dispuesto a aguantar un solo de música folk con interludios sin resolución, a cada cual más depresivo y melancólico que el anterior, sin atreverse a dejarse contagiar por el encanto de unos personajes condenados al olvido.
En esta ocasión, el humor tampoco es un refugio a la hora de disfrutar la película, un drama trágico en su mayor parte. Pero al contrario de lo que sucede con la filmografía de otro director-guionista como Woody Allen, los Coen han demostrado que no necesitan empapar de gags sus títulos para enmascarar la irregularidad, sino que prefieren hacer de ella un arte saltando entre géneros cada vez con más valentía; de la comedia de espionaje al western puro y duro, hasta llegar al falso biopic musical. "Falso", "biopic" y "musical", tres adjetivos a los que habría que añadir los de "generacional" y hasta cierto punto "histórico", y que deberían ser suficientes para comprender que Joel y Ethan Coen, más allá de permanecer fieles a una alternancia tradicional en la contundencia de sus propuestas, han llegado a un punto en el que hacen lo que les da la gana. Concretamente, juntarse con su colaborador habitual, el compositor T. Bonne Burnett (responsable también de la compilación que escuchamos en True Detective), y orquestar un homenaje a los Sugar Mans de la vida que no encontraron el éxito ni dentro de sus fronteras ni en una aldea perdida en África.
En una muestra final de crueldad e ironía, que otorga además una nueva lectura en la dimensión temporal de la película, Bob Dylan hace acto de aparición sobre el escenario del bar, cautivando a la audiencia con su archiconocido tema Farewell, mientras Llewyn vomita sangre en el oscuro callejón del establecimiento, como recompensa a su última actuación. Los golpes se los ha propinado un fantasma, trajeado y bien peinado, con un discurso tan firme como su puño. Esa figura no es su padre, el mío o el tuyo; ni tampoco ese profesor estricto del instituto que quería que todos fuéramos médicos o arquitectos; sino la representación de una derrota real, sufrida a manos de un artista que no contaba con más talento, pero que sí supo conectar con su tiempo, no sólo vivirlo, y labrar su hueco en la historia de la música. Por lo menos, los que no pasaron ni pasarán el corte pueden contar desde ahora a Llewyn Davis como uno de sus héroes.
2 COMENTARIOS:
Excelente crítica amigo. Felicitaciones.
vaya mierda xd
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